Cuidar con poesía: Éxodo, Ángela Figuera Aymerich

 ÉXODO

Una mujer corría.
Jadeaba y corría.
Tropezaba y corría.
Con un miedo macizo debajo de las cejas
y un niño entre los brazos.
 
Corría por la tierra que olía a recién muerto.
Corría por el aire con sabor a trilita.
Corría por los hombres erizados de encono.
 
Miraba a todos lados.
Quería detenerse.
Sentarse en un ribazo con su hijo menudo.
Sentarse en un ribazo y amamantar en paz.
 
Pero no hallaba sitio.
No encontraba reposo.
No lograba la pausa sosegada y segura
que las madres precisan.
 
Ese viento apacible que jamás se interpone
entre el pecho y el labio.
 
Buscaba cerca y lejos.
Buscaba por las calles,
por los jardines y bajo los tejados,
y en los atrios de las iglesias,
por los caminos desnudos y las carreteras arboladas.
Buscaba un rincón sin espantos,
un lugar aseado para colocar una cuna.
 
Y corría, y corría.
Dio la vuelta a la tierra.
Buscando.
Huyendo.
Buscando.
Y no encontraba sitio.
Y seguía corriendo.
 
Y el niño sollozaba débilmente.
Crecía débilmente
colgado de su carne fatigada. 

Ángela Figuera Aymerich, en el El grito inútil, Colección Genialogías 5, Ediciones Tigres de Papel,  2012.

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