Los derechos sexuales y reproductivos también en la infancia: más de un millón de niñas menores de 15 años se quedan embarazadas cada año en el mundo

Porcentaje En el Día Mundial de la Infancia 2017, UNAF se hace eco de los datos recogidos en la presentación del informe Mundos aparte: La salud y los derechos reproductivos en tiempos de desigualdad” (elaborado por la UNFPA) y que reflejan una situación muy grave y urgente que vulnera directamente los derechos de la infancia: el 95% de los partos de madres adolescentes en el mundo tienen lugar en países en desarrollo (7,3 millones)  y, entre ellos,  1,1 millones se dan entre niñas menores de 15 años.

Ante esta realidad, hoy queremos reivindicar la importancia de garantizar los derechos sexuales y reproductivos de las y los menores, ya que ser madre en la infancia tiene consecuencias inmediatas y duraderas para la salud, educación y potencial de generar ingresos de las niñas, y, con frecuencia, alterará el curso de sus vida.

En este post analizamos las causas y consecuencias de este fenómeno, que afecta a nivel individual, familiar, social y mundial.

Países en desarrollo y relación directa con la pobreza

Como hemos comentado, la mayoría de los partos en la adolescencia (el 95%) se dan en países en desarrollo, y 9 de cada 10 se producen en el seno del matrimonio o de una unión libre. Por lo general, el matrimonio infantil es más frecuente en los países en los que la pobreza es extrema y en los grupos de población más pobres de esos países.

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En los países en desarrollo se registran alrededor de tres veces más embarazos entre las adolescentes —de 15 a 19 años— que pertenecen al 20% de los hogares más pobres que entre las del 20% que viven en las familias más acomodadas. Además, la tasa de fecundidad de las adolescentes —por cada 1.000 mujeres— en las zonas rurales duplica, en promedio, la de las zonas urbanas.

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Las variaciones en las tasas de fecundidad de las adolescentes en un país se deben en parte a la desigualdad del acceso a los servicios de salud sexual y reproductiva.

Las niñas adolescentes no suelen disfrutar del mismo acceso a métodos anticonceptivos que los niños de su edad debido a las políticas discriminatorias, los proveedores de servicios que emiten juicios de valor o las actitudes predominantes respecto al comportamiento aceptable de las niñas.

Las desigualdades en materia de salud sexual y reproductiva están relacionadas con la desigualdad económica

Tal y como muestran los datos, las desigualdades en materia de salud sexual y reproductiva están relacionadas con la desigualdad económica: las mujeres del quintil de riqueza más pobre de los países en desarrollo son, por lo general, quienes tienen menos acceso a los servicios esenciales para ejercer su derecho a evitar un embarazo, proteger su salud durante el embarazo y tener un parto seguro.

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Foto de Mark Tuschman

La pobreza excluye a millones de mujeres de servicios que salvan vidas y están a disposición de las personas de los estratos económicos superiores. Esta exclusión puede dar pie a resultados poco satisfactorios en materia de salud reproductiva, que, además de afectar a la salud de las mujeres, repercuten sobre el bienestar de su familia, su comunidad, y el desarrollo económico y social de su país.

Las desigualdades en el ámbito de la salud reproductiva y la desigualdad económica pueden, por tanto, reforzarse mutuamente y atrapar a las mujeres en un círculo vicioso de pobreza, capacidades reducidas y potencial sin explotar. Si bien es cierto que la relación entre estas dimensiones de la desigualdad no sigue una trayectoria directa, las conexiones son evidentes.

La intersección entre distintas formas de desigualdad puede comportar consecuencias enormes para las sociedades en su conjunto y dar lugar a que gran cantidad de mujeres padezcan enfermedades mentales o no puedan decidir si desean quedarse embarazadas, cuándo o con qué frecuencia y, en consecuencia, carezcan de capacidad para incorporarse a la fuerza de trabajo remunerada y desarrollar todo su potencial. Los efectos perjudiciales pueden extenderse a lo largo de toda la vida de las personas y afectar a la siguiente generación.

La intersección de las desigualdades en el ámbito de la salud, la educación y el género

De acuerdo con los datos del UNICEF y la UNESCO, pese a los avances logrados en favor de la igualdad de género en la educación a lo largo de los tres últimos decenios, sigue siendo más probable que las niñas no estén escolarizadas en la enseñanza primaria e incluso más probable que no se matriculen en la enseñanza secundaria. La menor matriculación, asistencia e índices de eficiencia terminal son resultado de numerosos factores sociales, geográficos y económicos que sitúan a las niñas en desventaja en el ámbito de la educación, sobre todo cuando llegan a la adolescencia.

Cuando una niña no está escolarizada, pierde la oportunidad de adquirir los conocimientos y capacidades que podrían permitirle desarrollar todo su potencial más adelante. Además, al no asistir a la escuela, es posible que no reciba la educación integral de la sexualidad y la capacitación en habilidades para la vida que facilitan el aprendizaje sobre el cuerpo y las relaciones de poder y de género. En la escuela, puede adquirir además competencias en materia de comunicación y negociación que, de no tener, la situarían en mayor desventaja al atravesar la adolescencia y llegar a la edad adulta.

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Por eso, es necesario apostar por la educación integral de la sexualidad, que es un enfoque de la educación de la sexualidad centrado en el género y basado en los derechos, tanto en la escuela como fuera de esta. Es un modelo que se imparte a lo largo de varios años, ofreciendo información adecuada a la edad en consonancia con la evolución de las capacidades de los jóvenes.

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