¿Qué importancia tiene el seguimiento psicológico de una mujer afectada por la ablación?

Annalisa D’Aguanno, psicóloga de GAMS Belgique, participó en la VIII Jornada Internacional contra la Mutilación Genital Femenina de UNAF, y nos dejó este magnífico relato sobre la atención psicológica a mujeres y niñas supervivientes de mutilación genital femenina.

ANNALISA D´AGUANNO Psicologa de GAMS Belguique
Foto: Imagen en Acción

“Me gusta pensar en la sala de espera de nuestra institución. Es como el resto de salas de espera del mundo, salvo por una cosa. En ella encontramos a personas echadas, descansando o dormidas. Esperan para hacer una entrevista social o psicológica, o un taller comunitario. Están cansadas, cansadas de la vida. Imagino que se sienten lo bastante a gusto como para bajar la guardia y dar una cabezada. Si tenemos suerte y logramos crear un clima de confianza, la gente, especialmente las mujeres, nos consideran su hogar. Se traen la maleta. No se trata de maletas llenas de ropa, sino de maletas emocionales. Esas maletas con las que han nacido y en las que van almacenando objetos y acontecimientos.

Para algunas personas se trata de una pesada carga que llevan desde que nacen. Nacida en un hogar de «casada», o fuera del matrimonio, fruto de un matrimonio forzoso y por tanto de una violación, nacida en un hogar polígamo, en el que bulle la violencia intrafamiliar,… nacida niña. Todo ello forma parte de su bagaje psicológico, incluso antes de su nacimiento, e influirá en su vida de niña, de joven y de mujer adulta. De hija, de hermana, de madre, de esposa…

Ellas van acumulando en esta maleta sus recuerdos, sus retos, sus duelos, sus traumas.

  • La muerte de un padre o madre protector/a que se oponía a la ablación de sus hijas
  • La traición que siente una niña cuando le practican una ablación las ancianas, aquellas a las que tiene por referentes parentales, la familia que se dice «cansada» y que participa en su educación colectiva,
  • El control sobre el cuerpo, de una virginidad que todos esperan o de una ablación que será «mal hecha»,
  • La muerte de una hija mientras le practicaban la ablación,
  • Las violencias sexuales, psíquicas y físicas que se padecen durante un matrimonio forzoso.

La maleta contiene recuerdos del pasado, recuerdos del camino, cicatrices de una vida errante y del asilo.

Entonces, si nos tomamos la molestia de entretejer con delicadeza y precisión el «hilo» humano, ellas sueltan esa maleta. Enseguida, la abren. Comparten algunos sucesos, algunas vivencias; sus «historias», como a ellas les gusta llamarlas. Unas historias que a menudo se escriben en tiempo pasado y que resulta muy difícil escribir en tiempo presente y tiempo futuro.

Obviamente, podría hablarles de las posibles consecuencias de la ablación en la salud mental a corto y largo plazo. Del estado de estrés agudo que puede provocar la ablación en el momento en el que se ejecuta, cuando se concentran toda una serie de ingredientes (terror, aturdimiento, impotencia, del efecto de sorpresa y la experiencia cercana a la muerte) (Kadia decía que «después, eres como un cadáver ambulante») y la niña desarrolla, a corto o largo plazo, incluso muy largo plazo, un síndrome de estrés postraumático, cuando su entorno no le ayuda a desarrollar su resiliencia.

También podemos hablar del mecanismo de disociación, como en el caso de Michelle, de quien hablaré a continuación, del sentimiento de traición y ambivalencia que puede provocar la ablación hacia adultos a los que se ama y se respeta, y que con una mano aman y cuidan y con la otra hieren. Del impacto que todo ello ejerce en la representación del propio ser, la autoestima, la confianza y la autoimagen.

Assiatou decía «Ya no soy una mujer. Me asusta mi cuerpo. Jamás lo toco, sobre todo ahí abajo, ni siquiera para lavarme».

Pero prefiero hablar con sus propias palabras.

  • No consigo dormir, estoy agotada, nunca podré volver a avanzar.
  • Duermo poco, tengo pesadillas, veo a gente que me persigue, que me mata.
  • Cuando necesito ir al baño por la noche, no salgo de mi habitación, orino en un jarrón. Me da miedo la oscuridad.
  • Siempre me han tratado como a un animal. Cuando llegué a Bélgica, no me atrevía a hablar con la gente, ni siquiera a mirarla. Tenía miedo de lo que me pudiesen hacer.
  • No consigo concentrarme en clase. Mis pensamientos me llevan lejos y no oigo lo que dice el profesor.
  • Me pierdo cuando voy a una cita. No sé dónde estoy, aunque conozco el camino.
  • Olvido que he quedado. Es algo que molesta a los demás, pero no lo hago a propósito. Tengo un lío en la cabeza.
  • Me duele la cabeza todo el tiempo.
  • No soy normal. Tengo miedo de volverme loca.

Por sus palabras perciben cambios en su comportamiento; ya no se reconocen, se preocupan y se sienten como ajenas a sí mismas. Tratan de encontrar una solución a su situación ellas solas, y cuando el cambio sobrepasa su capacidad de «aguante», algunas confían su problema a amigas o trabajadores/as sociales. Otras lo guardan todo en sus maletas, a riesgo de que exploten.

Más allá de estas palabras, de estas quejas, hay un ruego. Una solicitud de apoyo. Los trabajadores sociales que realizan su labor en primera línea deben identificar estas señales de alarma, expresadas mediante distintos síntomas conductuales, emocionales, cognitivos y físicos, como los descritos en las frases anteriores.

En algunos casos, son las propias mujeres afectadas las que solicitan un seguimiento terapéutico. Para que ello sea posible, antes deben saber de su existencia, comprender lo que implica y saber dónde acudir para que las vea un terapeuta.

Por desgracia, la mayoría de las mujeres no tienen acceso a esta información. Tras la escucha (primera fase), hay que informar a las personas, empoderarlas, darles autonomía, seguridad. Y, por qué no, en tercer lugar, acompañarlas en este proceso terapéutico, realizar las llamadas telefónicas con ellas, ir con ellas a la primera cita, etc.

Sí, pero, me diréis, ¡al psicólogo van los locos! ¡Y las locas! Entonces, yo respondo…

  • Cuando una persona vive situaciones que conmocionan a su cuerpo y su mente, es normal que se sienta como tú te sientes. No estás loca. Conozco a otras mujeres que viven lo mismo que tú estás sintiendo.
  • Es como si te haces una herida en un tobillo cuando vas caminando. El/la terapeuta es el bastón que te va a permitir continuar tu camino hasta que tus heridas hayan mejorado lo suficiente como para que puedas volver a caminar sola.
  • El/la terapeuta te va a ayudar a tragar ese trozo de pan que se te ha quedado atascado en la garganta y te está asfixiando en este momento, que no te deja dormir, sentirte segura…
  • El/la terapeuta es alguien con quien puedes, si quieres, posar la maleta y mirar en su interior.

  1. En el primer contacto recopilo las impresiones de las mujeres, lo que saben sobre psicólogos y psiquiatras,
  2. y a continuación les doy una explicación clara, ayudándome a veces de metáforas, para
  3. deconstruir las ideas preconcebidas sobre la salud mental, sentando así las bases de un vínculo.

Todo el mundo puede necesitar ir al psicólogo en algún momento de su vida, sea cual sea su historia, su edad, su origen, etc.

En la primera entrevista, Michelle vivió una experiencia disociativa. Al ver una imagen colgada en la pared de un cuerpo de mujer desnudo en tonos anaranjados, se quedó paralizada, literalmente. Dejó de hablar y de respirar. Llegó incluso a pedirme que ocultase la imagen. Tenía la mirada perdida en un punto lejano.

No la conocía, pero supe que había sufrido una disociación provocada por un estímulo visual (después me dijo que había visto en la imagen un sexo de mujer y el color rojo le había recordado a la sangre). Por tanto, supe casi desde el primer momento que había sufrido un trauma. Las mujeres hablan de la disociación como de un «viaje». Dicen que es como si volasen.

Para volver a poner sus pies en tierra y ayudarla a salir de ese estado de estupefacción tan nocivo para su salud en general, estimulo sus sentidos, en este caso, el tacto, depositando una bola de plastilina en su mano.

La palabra es uno de los instrumentos que utiliza el/la terapeuta, pero no el único. También empleo la arteterapia, en la que la palabra pasa a un segundo plano.

La Federación francesa de arteterapeutas define la arteterapia como «[…] una práctica curativa basada en la utilización terapéutica del proceso de creación artística».

El objetivo de la arteterapia no es de carácter estético, se trata de una invitación a proyectarse a uno/a mismo/a, similar a la de la psicoterapia clásica, pero con la creación como intermediaria. Para ello pongo a su disposición pinturas, ceras, tinta china, pinturas pastel, revistas para hacer collages, papeles de todo tipo y tamaños, máscaras, plastilina, arcilla y muchas otras cosas. El trabajo arteterapéutico puede realizarse también con el cuerpo, mediante la danza, el movimiento, la respiración, la relajación, el mimo, el payaso, el trabajo con marionetas, etc. El objetivo último es lograr una transformación interior mediante la transformación de las obras.

En un primer momento le propongo que tome contacto con la materia que he puesto en su mano y la amase. Yo misma realizo el ejercicio. Trato de entrar en contacto con ella mediante la mirada, para que pueda apoyarse en mi mirada y en el instante presente. Cuando le hablo repito su nombre y amasamos la plastilina respirando de forma consciente, esto es, escuchando su respiración e imaginando cómo el aire entra y sale de sus pulmones.

A medida que realizamos el ejercicio, me dice que su respiración es más relajada y que lo que tenía atascado en la garganta va subiendo poco a poco hasta su boca. Podríamos preguntarnos qué tenía atravesado en la garganta y ha podido decir por fin. Ella no dice nada con la boca, sino por otro medio. Ha creado una flor, que pone en mi mano. Me dice «es una flor que no tiene problemas […] lo que hay alrededor protege a lo que hay en el centro».

Mi función como terapeuta consiste en plantear hipótesis tras la entrevista. Resulta fácil establecer un paralelismo entre el simbolismo de la flor y el sexo femenino. En la primera sesión, ella me habla de una mujer dañada, con problemas, que necesita protección y sentirse segura. Me dice que ha sentido la suavidad y el agradable olor de la plastilina. Para conservar su obra, coloca su flor en una pequeña caja ovalada, pero, en la siguiente visita, cuando vuelve a encontrarse ante su creación, la plastilina se ha pegado a las paredes de la caja, se ha endurecido en contacto con el aire y se ha agrietado por varios sitios. Ha perdido la flexibilidad, la suavidad y su olor tan atrayente.

Michelle se entristece y dice «está dañada, como yo». Entonces se pone manos a la obra y añade trozos de plastilina en las partes agrietadas. Dice «La he reparado, pero ya no es lo mismo».

Más adelante supe que Michelle había vivido hasta los diecinueve años sin sufrir ningún daño. Burkinesa de nacimiento, creció en Costa de Marfil junto a su padre, su madre y su hermana. Lejos del resto de la familia. Sus padres la protegieron de la ablación. Cuando murió su padre, esta protección se desvaneció. La madre y sus hijas fueron llamadas de vuelta a Burkina Fasso. Casaron a la madre con el hermano de su difunto marido. Practicaron la ablación a las hijas. La tradición logró atraparlas. El tío de Michelle también la casó a la fuerza.

Para protegerla mejor, fabricó lo que ella denominó «una silla», es decir, un soporte adicional entre la flor y la caja. Una silla; como en la primera sesión, solo hizo falta una imagen para salir volando de su silla y proyectarse en un trauma vivido a miles de kilómetros de aquí. Necesita anclaje, raíces. Todos y todas necesitamos raíces para crecer y desarrollarnos.

Michelle creó otras obras y vivió otras experiencias sensoriales. Por ejemplo, eligió una tela especialmente suave para masajearse el rostro, a modo de ritual, al inicio de cada sesión. Padece migrañas. Salieron a la luz recuerdos de su madre. Michelle está atravesando un duelo por muchas cosas a la vez. Un padre, una madre, una protección, una familia, un cuerpo conocido, una envoltura psíquica y física protectora arrebatada.

Michelle participó en el taller para jóvenes. Dice que Zahra, mi compañera animadora sociocultural, y yo somos como madres para ella. Cuando Zahra dejó de trabajar en GAMS, Michelle lloró mucho pero no se derrumbó. Había reconstruido su envoltura corporal y también su identidad, una nueva identidad, a través del trabajo terapéutico individual, y ello le permitió encajar mejor el golpe.

El taller para jóvenes, que las participantes han bautizado como taller «Frufrú» (según ellas dicen, «frufrú» es el ruido que hace la vulva al caminar…), acoge a chicas de entre 15 y 25 años. El objetivo es fomentar su empoderamiento ofreciéndoles apoyos creativos para expresarse, participando en iniciativas políticas (manifestaciones del 6 de febrero y el 8 de marzo). Esta transformación se produce de forma que ellas pueden convertirse en las promotoras del cambio. Nos basamos en un método participativo de educación popular basado en las experiencias, las historias personales y los sentimientos asociados. Promovemos una transformación del yo con el apoyo del grupo y de acciones concretas.

Frufrú es un espacio de debate y de creación, donde cada persona puede desarrollar su sentido crítico basado en un análisis de género, donde está permitido tratar temas tabú, sin estigmatización, donde cada persona recorre su camino a su ritmo.

En lo que respecta a los retos:

  • Una parte de nuestras usuarias son demandantes de asilo o personas a las que se les ha denegado.
  • Las demandantes de asilo están a la espera de una respuesta y todos los trámites asociados a la solicitud tienen prioridad sobre todo lo demás. La asistencia de algunas usuarias es irregular.
  • Aquellas personas que se encuentran fuera del proceso de solicitud, a las que no se ha reconocido como refugiadas —lo que implica que no se han reconocido las violencias a las que han estado sometidas— se encuentran en una situación precaria: viven en casas de conocidos, en Samu Social o en la calle. Algunas mujeres desaparecen sin previo aviso, otras prueban suerte en otra parte, otras se quedan, exponiéndose al riesgo de tener que prostituirse para sobrevivir. A nivel de grupo o individual, se apoya a las personas en situación de precariedad.

Para concluir, quisiera responder a la pregunta que me han formulado al inicio de esta intervención: ¿qué importancia tiene el seguimiento psicológico de una mujer afectada por la ablación?

Michelle fue objeto de un largo seguimiento psicológico, pero también social, y además participó en el taller para jóvenes. Hoy en día ya no viene. Para nada. Un día me dijo durante la sesión: «Ahora quiero ver cómo me las apaño yo sola». Actualmente Michelle vive con una amiga, es autónoma económicamente y le han denegado dos veces la condición de refugiada.

Michelle tomó aquello que necesitaba de cada uno de los servicios propuestos. El hilo conductor de todas estas actuaciones de acompañamiento era la creación de un vínculo, de raíces, de una «silla», como ella decía, gracias a imágenes de «referencias». En ausencia de sus padres, mis compañeras y yo le brindamos apoyo y fuimos un sustituto que le ha permitido construir una nueva identidad, reforzar su autoestima y desarrollar su resiliencia.

Por lo tanto, quisiera matizar la pregunta. La acción terapéutica no siempre se encuentra donde se espera. Lo importante es dar con aquello que resultará terapéutico para cada persona“.

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